El eco de la puerta al cerrarse con violencia hizo temblar las luminarias de cristal importado en el pent house. Mateo ni siquiera miró atrás cuando salió, dejando tras de sí una estela de soberbia y el olor punzante de un perfume costoso que no lograba ocultar la fragilidad de su imperio financiero. Doña Beatriz, su madre, permaneció junto al umbral con esa sonrisa afilada que solía ensayar frente al espejo antes de destruir la vida de alguien.
—¿Lo ves, Camila? —dijo la mujer, acomodándose los puños de su blusa de seda—. Mi hijo por fin abrió los ojos. No eres más que un estorbo, una sirvienta con suerte a la que le dimos un techo por pura compasión. Ahora toma a ese bastardo y sal de mi vista antes de que llame a la policía por allanamiento.
Camila no respondió de inmediato. Pasó los dedos por sus mejillas húmedas, secando las lágrimas con una lentitud calculada. El llanto descontrolado que minutos antes convulsionaba su pecho se detuvo como si se hubiera apagado un interruptor. El bebé, acurrucado contra su hombro, respiraba tranquilo, ajeno al veneno que llenaba la habitación.
Se levantó del sofá con una elegancia que Doña Beatriz jamás le había visto. En la mesa de centro, su teléfono móvil comenzó a vibrar. Camila lo tomó, deslizó la pantalla y se lo llevó al oído sin apartar la mirada de la anciana, cuya sonrisa empezó a desdibujarse ante la repentina frialdad en los ojos de su nuerastra.
—Hola, papá —dijo Camila con voz firme, sin un solo temblor—. Ya es hora.
Al otro lado de la línea, la voz profunda y serena de Bernardo Valenzuela resonó con claridad:
—El despliegue está listo, hija. Los abogados, el equipo de auditoría y las autoridades bancarias están afuera. Solo necesitaba tu confirmación.
—Procede —sentenció Camila y colgó.
Doña Beatriz soltó una carcajada destemplada, aunque el tono de la joven la había sobresaltado.
—¿Papá? ¿A quién llamas, muerta de hambre? ¿A un albañil? ¿A un cobrador de deudas? Mateo y yo nos encargamos de borrar cualquier rastro de tu pasado cuando entraste a esta casa. No tienes a nadie.
—Ustedes no borraron nada, Beatriz —contestó Camila, ajustando la manta del pequeño Thiago—. Ustedes creyeron lo que quisieron creer. Llegué a la vida de Mateo como una pasante anónima en su constructora porque mi padre quería que aprendiera el negocio desde abajo, sin el peso del apellido Valenzuela. Cuando Mateo se acercó a mí, creí que veía a la mujer, no al dinero. Me equivoqué. Pero cuando me embaracé y ustedes descubrieron que mi expediente personal estaba casi vacío, asumieron que era una miserable sin familia que aceptaría cualquier humillación con tal de no volver a la calle.
El rostro de Beatriz se tornó pálido. El apellido Valenzuela no era desconocido en los círculos financieros del país; era el conglomerado internacional que poseía más del sesenta por ciento de las acciones de la propia empresa de Mateo, la misma empresa que llevaba tres trimestres al borde de la quiebra y sobreviviendo gracias a créditos opacos.
—Eso es mentira… un truco ridículo —balbuceó la mujer, dando un paso hacia atrás mientras su mano buscaba el pomo de la puerta.
El sonido del ascensor privado anunciando una llegada interrumpió sus palabras. Las puertas se abrieron para dejar paso a cuatro hombres en trajes oscuros, encabezados por un señor de cabello cano y postura imponente, flanqueado por el director general del Banco Central y dos representantes legales.
—Buenas noches, Beatriz —dijo Bernardo Valenzuela, ignorando por completo la presencia del guardia de seguridad del edificio, quien venía detrás pidiendo disculpas por no haber podido detenerlos—. Veo que el trato hacia mi hija y mi nieto ha sido exactamente el que me reportaron los investigadores.
—Señor Valenzuela… yo… no sabía —alcanzó a decir Beatriz, la voz reducida a un hilo agudo mientras intentaba taparse el rostro.
—No sabía que la mujer a la que obligó a limpiar sus pisos durante el embarazo era la única heredera del grupo que sostiene los pagarés de su familia —completó Bernardo, caminando hacia Camila para tomar al bebé con infinita ternura en sus brazos—. Mi hija me pidió un año para probar si su matrimonio tenía salvación real por la vía del afecto. Yo le advertí que los parásitos solo respetan la fuerza. Hoy terminó la prueba.
En ese momento, el teléfono móvil de Beatriz comenzó a sonar frenéticamente. Era Mateo. Al contestar en altavoz debido a su estado de shock, la voz descontrolada de su hijo llenó el salón:
—¡Mamá! ¡Bloquearon las cuentas de la empresa! ¡Las acciones están congeladas y hay una orden de embargo emitida por la firma Valenzuela & Asociados! ¡Dicen que vencieron los plazos de refinanciamiento y que van a tomar la propiedad del penthouse y de la constructora hoy mismo! ¡¿Qué está pasando?!
Camila caminó hasta quedar a centímetros del teléfono de su suegra.
—Lo que pasa, Mateo —dijo mirando fijamente a Beatriz—, es que me daba vergüenza que me vieran contigo, pero soporté el desprecio para asegurarme de que el embargo fuera legalmente irrevocable. Dijiste que estabas harto de mí. A partir de esta noche, tú y tu madre tendrán todo el tiempo del mundo para acostumbrarse a no volver a verme jamás.
Sin esperar respuesta, Camila le indicó al abogado principal que entregara la notificación formal de desalojo inmediato. La ley establecía un periodo de gracia para viviendas residenciales, pero al estar el inmueble a nombre de una sociedad mercantil cuyos activos habían sido traspasados en garantía por las deudas de Mateo, la posesión pasaba de inmediato al acreedor mayoritario.
Beatriz cayó de rodillas sobre la alfombra importada, suplicando perdón con frases deshilachadas, mientras los abogados comenzaban la supervisión del inventario. Mateo llegó veinte minutos después, sudoroso, con la corbata deshecha y el rostro desencajado, solo para encontrar a la policía custodiando la entrada del edificio y a su madre sentada en la acera con una sola maleta de mano.
Desde el asiento trasero de una camioneta blindada, Camila observó a través del cristal polarizado cómo su expareja intentaba en vano hablar con las autoridades. No sintió triunfo ni venganza, solo una profunda claridad. Thiago dormía plácidamente a su lado, protegido del frío de la noche.
—¿Adónde vamos ahora, hija? —preguntó Bernardo mientras el vehículo se incorporaba a la avenida principal.
—A la sede central, papá —respondió Camila, ajustándose el saco y mirando los rascacielos iluminados de la ciudad—. Hay una constructora que reorganizar y mucho trabajo por hacer.