El peso de las estrellas marchitas - Novelas Completas

El peso de las estrellas marchitas

El crujido del suelo de madera bajo las botas del General marcaba un ritmo idéntico al de su corazón resentido. Con el cuerpo de Elena suspendido entre sus brazos —un peso liviano que parecía desvanecerse en cada expiración cortada—, el hombre no volvió la vista hacia la estancia que dejaba atrás. Mateo intentó dar un paso hacia el frente, con las manos alzadas en un ademán impulsivo de súplica o de defensa, pero la mirada del anciano oficial no contenía rabia violenta; poseía algo peor: una fría y definitiva indiferencia.

—Si pones un solo pie fuera de ese marco, muchacho —murmuró el General, sin alzar la voz—, la guardia afuera no esperará una orden explícita para reducirte.

—General, por favor… —intervino la mujer mayor, la madre de Mateo, sosteniéndose el pecho con ambas manos mientras sus lágrimas humedecían la seda gris de su bata—. No puede llevársela así. Hay médicos del consejo de camino. Si la mueve ahora…

El General continuó su marcha hacia el corredor principal. Dos soldados de la guardia armada abrieron las puertas dobles de roble. Ninguno de los dos fijó la vista en los moratones que cubrían las piernas de la joven, marcados en patrones irregulares y oscuros que recordaban quemaduras por frío extremo más que a golpes convencionales.

Elena hundió el rostro en la solapa del uniforme militar de su padre. El olor a lana gruesa, almidón y el suave aroma a tabaco seco le otorgaron una tregua efímera frente al dolor abrasador que recorría cada nervio de su cadera hacia abajo.

—Papá… —susurró ella, apenas perceptible—. La fórmula… no funcionó. Él solo quería acelerarla.

El General guardó silencio hasta que descendieron por las escaleras de piedra del ala norte del complejo. El aire nocturno de la bahía los recibió con una humeante brisa salada. En el patio interior, un vehículo negro con el insignia de la División de Investigación Biológica permanecía con el motor encendido.

—Lo sé, mi vida —respondió él, acomodándola en el asiento trasero antes de ingresar y cerrar la puerta de golpe—. Pero cometió el error de creer que su linaje lo protegía de la rendición de cuentas.

La raíz del secreto

Tres meses atrás, el laboratorio de la familia de Mateo había obtenido la licitación exclusiva para desarrollar el suero sintético de reconstrucción celular. Elena, siendo una de las bioquímicas más brillantes de la academia militar y única hija del General de la Tercera Comandancia, se había ofrecido voluntariamente para supervisar la fase de integración. La narrativa oficial prometía la cura definitiva para las secuelas de la exposición a la radiación en los campos del sur.

La realidad dentro del complejo residencial de los Mateo era diametralmente opuesta.

En lugar de utilizar los estabilizadores orgánicos autorizados por el ministerio, la familia de Mateo había introducido un derivado sintético no probado para acelerar los tiempos de síntesis y asegurar un contrato multimillonario con los cantones del este. Elena descubrió las anomalías en las lecturas de los reactores dos semanas antes. Cuando amenazó con redactar un informe de clausura y revocar las licencias de la dinastía, las dosis de su tratamiento personal comenzaron a ser alteradas sutilmente.

Los moratones no eran consecuencia de agresión física directa, sino de una necrosis tisular inducida químicamente: un envenenamiento paulatino diseñado para hacer parecer que su cuerpo rechazaba el suero de forma natural, reduciéndola al lecho y aislándola del mando militar. Mateo no la odiaba; la codiciaba y la temía en proporciones iguales. Mantenerla enferma e incomunicada en la mansión era la única garantía para que el imperio farmacéutico de su familia no se desmoronara.

El juicio de la bahía

En el laboratorio subterráneo de la Comandancia Militar, a diez kilómetros del puerto, el equipo médico de la guardia inició la irrigación de emergencia para neutralizar el compuesto. Elena permaneció consciente durante gran parte del procedimiento, sujetando con firmeza la muñeca de su padre mientras los monitores marcaban picos erráticos.

—Mateo destruyó las copias de seguridad del servidor central —dijo ella, con la voz desgastada por la fiebre—. Cree que sin sus registros no podemos probar la alteración de la molécula.

El General permaneció de pie junto a la camilla, con las manos cruzadas a la espalda. Su rostro reflejaba la curtida serenidad de quien ha dirigido batallas continentales.

—Tu hermano menor recuperó las bitácoras físicas de la caja fuerte de la bahía hace tres horas, Elena. No necesitamos sus servidores. Necesitábamos que él admitiera su responsabilidad frente a testigos en tu habitación. Y lo hizo en presencia del Capitán de la Guardia que custodiaba el pasillo.

Elena parpadeó, asimilando la verdad. La irrupción de su padre en la mansión no había sido una visita de preocupación paternal improvisada, sino una incursión táctica perfectamente calculada para documentar el confinamiento ilegal y la confesión del sospechoso.

A las cuatro de la madrugada, los informes de toxicología confirmaron la presencia del inhibidor sintético en el torrente sanguíneo de la joven. Con el documento firmado por el cirujano jefe, el General caminó hacia el despacho de telecomunicaciones.

—Conecte con el comando de la plaza central —ordenó al operador de turno—. Procedan con el arresto de la junta directiva del grupo médico. Sin fianzas, sin traslados privados.

Un nuevo amanecer

Para cuando el sol comenzó a despuntar sobre la bahía, el viento del océano había limpiado la niebla que habitualmente cubría la costa. Elena observó desde la ventana de la sala de convalecencia cómo las unidades blindadas del ejército regresaban por el camino principal, escoltando los vehículos de transporte civil donde viajaban Mateo y los directivos de la firma.

El dolor en sus piernas comenzaba a ceder gracias a los neutralizadores, aunque los médicos le advirtieron que la rehabilitación requeriría meses de trabajo constante. Escuchó los pasos firmes de su padre aproximarse por el pasillo. Esta vez, el General no vestía el riguroso uniforme de gala de la Marina, sino la chaqueta de servicio sencilla.

Se detuvo en el umbral de la puerta, observándola con una mezcla de alivio y severidad contenida.

—Las plantas de producción han sido intervenidas por el Estado —anunció el hombre, tomándole la mano con delicadeza—. El consejo ha nombrado un interventor provisional para redirigir la investigación del suero bajo normas estrictas.

Elena miró sus manos, aún pálidas, pero con el retorno gradual de la temperatura normal.

—Intentó hacerme creer que yo estaba imaginando el deterioro, papá. Que mi cuerpo era el que fallaba.

—Esa es la táctica de los cobardes que buscan dominar lo que no pueden comprender —respondió el General, ayudándola a acomodar la almohada—. Pero cometieron un cálculo erróneo desde el principio. Se olvidaron de quién te enseñó a analizar cada detalle.

Elena esbozó una leve sonrisa por primera vez en semanas, contemplando la luz dorada de la mañana que finalmente entraba sin restricciones por la ventana. El cautiverio en la mansión había terminado, y con él, el dominio de una familia que había confundido la ciencia con el poder.

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