La cuchara de plata permaneció inmóvil durante tres segundos entre los dedos de la institutriz. Victoria, sentada en el borde de la cama tapizada de seda dorada, fijó la mirada en los ojos de la joven. No había temor en la anciana, sino un cálculo frío acumulado a lo largo de siete décadas de conspiraciones familiares.
—Solo una —repitió Victoria, abriendo los labios lo justo para permitir que el metal rozara su lengua.
Tragó sin pestañear. La sopa, una mezcla espesa de calabaza, jengibre y un extracto botánico sin olor diseñado para adormecer el sistema nervioso, se deslizó por su garganta. Inmediatamente después, Victoria lanzó una mirada directa a la cámara oculta detrás de las molduras del cabezal de madera. Supo que él estaba mirando.
—Se van —ordenó la joven de uniforme pardo, haciendo una seña imperiosa a las dos sirvientas apostadas tras ella.
Las mujeres obedecieron en silencio, arrastrando las suelas de goma sobre la alfombra de lana fina hasta traspasar el portón de caoba reforzada. La joven cerró la puerta desde afuera, dejando escapar un chasquido metálico cuando los cerrojos domóticos se activaron automáticamente.
En el nivel subterráneo, bajo las tres hectáreas de la finca de los Valenzuela, Rodrigo mantenía el mentón apoyado en el puño cerrado. En el monitor central de la consola de control, el rostro de la institutriz ocupaba la pantalla principal de alta definición.
—¿Quién es esa mujer? —preguntó Rodrigo sin girar la cabeza.
A su lado, el jefe de seguridad, un hombre de hombros anchos llamado Martínez, tecleó rápidamente en la consola. Un archivo personal emergió en la pantalla lateral.
—Se llama Elena Vane —respondió Martínez con voz grave—. Ingresó al cuerpo de guardia del ala oeste hace tres semanas. Sus credenciales venían firmadas directamente por el consejo de administración, no por la agencia habitual. Pensábamos que era una simple supervisora de personal doméstico.
—No lo es —dijo Rodrigo, inclinándose hacia adelante—. Su postura, la forma en que tomó la cuchara… Sabía exactamente que la sopa contenía el sedante. Sabía que mi madre no cedería ante la fuerza bruta, pero aceptaría un pacto rápido. Consiguió que ingiriera el compuesto en menos de diez segundos.
En la pantalla, Victoria ya comenzaba a recostar la cabeza sobre las almohadas. El extracto de raíz de valeriana concentrada y bromuro estaba haciendo efecto. Elena permanecía al pie de la cama, inmóvil, observando el ritmo respiratorio de la anciana hasta que el monitor cardíaco de la pared marcó un ritmo pausado de cuarenta y ocho pulsaciones por minuto.
Fue en ese instante cuando Elena hizo algo inesperado. Se acercó a la bandeja de metal, tomó la servilleta de lino y dobló la cuchara en tres partes usando una destreza manual impropia de una sirvienta. Extrajo un pequeño tubo de cristal del dobladillo de su manga, vertió el resto de la sopa dentro del recipiente y lo selló con cera roja.
—Está tomando muestras —murmuró Rodrigo, poniéndose de pie—. Bloqueen el ascensor del sector cuatro y envíen dos unidades a la puerta del dormitorio. La quiero viva en la sala de interrogatorios antes de que mi madre despierte.
En la habitación, Elena guardó el tubo de cristal dentro del forro de su chaqueta rígida. No miró hacia las cámaras porque sabía con precisión geométrica dónde estaban instalados los ángulos ciegos. Se dirigió al ventanal de doble cristal armadí que daba a los jardines traseros. Sacó de su bolsillo un emisor de pulso electromagnético de baja frecuencia —un dispositivo del tamaño de una moneda de latón— y lo presionó contra el marco de aluminio.
Un zumbido inaudible quebró el circuito de la alarma de impacto. Sin vacilar, extrajo una ventosa de succión con manivela, cortó un círculo perfecto en el vidrio endurecido y desenganchó el pestillo interno.
Antes de que las cerraduras de la puerta principal cedieran bajo el código de emergencia de la guardia, Elena ya se había deslizado por la cornisa exterior, descendiendo por la tubería de desagüe con la agilidad de un acróbata entrenado.
Cuando los hombres de Martínez derribaron la puerta, la habitación estaba vacía. La bandeja de plata permanecía en la mesa auxiliar, pero la sopa había desaparecido por completo, reemplazada por un charco de agua destilada y una moneda de latón grabada con una cifra: 44.
Tres horas después, en el pabellón de investigación médica de la ciudad vieja, Elena le entregaba el tubo de cristal a un hombre de cabello cano que examinaba placas petri bajo un microscopio electrónico.
—Es el compuesto Beta-9 —confirmó el médico tras analizar dos gotas de la muestra—. Están intentando alterar la memoria a corto plazo de la matriarca antes de la lectura del testamento del viernes. Si continúa ingiriendo esto dos veces al día, para el fin de semana no recordará la existencia de la cláusula de traspaso de la compañía.
—Rodrigo está desesperado —dijo Elena, quitándose el uniforme pardo para revelar una chaqueta de cuero oscuro—. Sabe que si Victoria firma la transferencia a la fundación, él queda completamente excluido de la junta directiva.
—¿Te vio la cara? —preguntó el científico.
—No solo me vio —respondió Elena con una sonrisa gélida—. Me registró en los monitores del sótano. En este momento estará rastreando las bases de datos de las agencias privadas buscando a Elena Vane. Pero no encontrará nada, porque Elena Vane murió hace cinco años en el registro civil de Ginebra.
El teléfono de baquelita de la mesa sonó. El médico contestó, escuchó en silencio durante diez segundos y le pasó el auricular a Elena.
—Es para ti.
Elena tomó el auricular y lo pegó a su oído sin decir una palabra.
—El número 44 era el código de la caja fuerte de mi padre en Zúrich, Elena —dijo la voz firme de Victoria al otro lado de la línea, totalmente despierta y sin rastro alguno de sedación en su tono—. Deaste esa moneda a propósito en mi mesilla para que supiera que la hija de mi antiguo socio seguía respirando.
Elena se apoyó contra el borde de la mesa de laboratorio.
—La sopa era pésima, Victoria. Pero cumplió su función: alejar a los guardias del pasillo durante el tiempo suficiente para recuperar la llave.
—Rodrigo cree que controla la casa —continuó la anciana desde la finca, hablando desde un transmisor portátil escondido en el forro de su bata de seda—. No sabe que fui yo quien aprobó tu contratación a través del consejo. Mañana a las ocho de la mañana vendrá el notario con los documentos falsificados. Necesito que estés en el despacho antes de que estampe mi firma.
—Estaré allí —aseguró Elena—. Pero esta vez no llevaré un tray de comida. Llevaré la orden judicial firmada por el tribunal supremo.
—Procura no llegar tarde —dijo Victoria antes de cortar la comunicación—. La sopa de mañana puede que no la devuelva a la bandeja.
Elena colgó el teléfono, guardó el análisis químico en su maletín y miró al médico. La verdadera batalla por el control del imperio Valenzuela no se libraría con armas en los pasillos de la mansión, sino con un trozo de papel, una prueba de laboratorio y el testimonio de una mujer a la que todos daban por desaparecida.