La mesa del restaurante Le Jardin continuaba sumida en un silencio denso y sofocante, sólo roto por el tintineo distante de la cubertería de las otras mesas y el murmullo amortiguado de la alta sociedad que ignoraba el drama que acababa de desplegarse en la mesa catorce.
Javier observó las llaves que yacían sobre el mantel negro. El metal relucía bajo las luces cálidas de las lámparas de araña. Su rostro, firme y severo momentos antes, comenzó a mostrar una ligera grieta de desasosiego ante la extraña serenidad que iluminó los ojos llorosos de Elena.
Valeria, la mujer más joven que permanecía de pie a pocos pasos de la mesa con un deslumbrante vestido negro de corte asimétrico, dio un paso hacia adelante, incómoda. Había esperado llantos desmedidos, súplicas o un escándalo público, pero no esa sonrisa amarga y calculada que acababa de dibujarse en los labios de Elena.
—¿De qué estás hablando, Elena? —preguntó Javier, frunciendo el ceño y tratando de mantener el tono dominante que había utilizado durante los últimos veinte años—. Fui claro. La casa de las colinas está a mi nombre desde antes de casarnos. Mañana a primera hora quiero tus cosas fuera. Te daré un departamento en el centro mientras los abogados resuelven la pensión de los chicos.
Elena se limpió lentamente una lágrima rebelde con la yema del dedo anular, justo donde hasta esa mañana descansaba un anillo de diamantes que ahora reposaba en el fondo de su bolso. No había temblor en su mano. La vulnerabilidad que había mostrado segundos atrás se evaporó como el vaho en un cristal caliente.
—Oh, Javier… —murmuró ella, inclinándose levemente sobre la mesa, fijando su mirada directamente en las pupilas de él—. Hablas de la casa, hablas de las acciones de la constructora, hablas de los vehículos como si fueran fichas de un juego que tú inventaste. Pero olvidaste revisar la estructura de la empresa antes de citarme a este restaurante para humillarme frente a tu nueva conquista.
Valeria miró a Javier, esperando una respuesta contundente, pero notó que los nudillos de su amante se habían vuelto blancos al apretar la servilleta de tela sobre su regazo.
—No sé a qué te refieres —replicó Javier, aunque su voz perdió la seguridad firme de hacía unos instantes—. Tu padre puso el capital inicial, sí, pero yo construí el imperio. Yo firmé cada contrato, yo levanté los edificios.
—Mi padre puso el capital inicial a través de un fideicomiso blindado en la Ciudad de México —corrigió Elena con una voz aterciopelada, limpia de toda rabia—. Un fideicomiso cuyo único beneficiario ejecutor es la primera línea sanguínea directa. Durante veinte años dejé que creyeras que eras el dueño absoluto de Grupo Viamonte porque te amaba y porque me bastaba con verte prosperar mientras yo cuidaba de Sofía y Mateo. Pero jamás cedí la titularidad de las patentes ni de los terrenos sobre los cuales edificaste los últimos tres complejos residenciales.
Un mozo se acercó a la mesa proponiendo servir más vino, pero la mirada helada de Elena lo hizo retirarse de inmediato sin pronunciar palabra.
—Estás desvariando —dijo Javier, intentando soltar una risa burlona que sonó hueca y falsa—. Los abogados revisaron todo hace cinco años cuando hicimos la reestructuración fiscal.
—Tus abogados revisaron los documentos que tú les mostraste —contestó Elena tranquilamente—. No los que están depositados en la notaría número cuarenta y dos. Mañana a las ocho de la mañana no seré yo quien abandone la propiedad. Será la junta directiva la que te notifique la revocación inmediata de tu poder como director general.
Valeria dio un paso atrás, mirando alternadamente a Javier y a Elena. —Javier… ¿de qué habla esta mujer? Me dijiste que todo estaba resuelto, que la empresa era cien por cien tuya.
Javier no respondió. El color se le había escapado por completo del rostro. Recordó, de pronto, una serie de documentos que Elena le había pedido firmar diez años atrás, durante la crisis financiera en la que la constructora estuvo a punto de quebrar. En aquel entonces, abrumado por las deudas y el alcohol, firmó cuanto ella le puso enfrente con tal de que los bancos no embargaran sus cuentas. Había asumido que eran simples trámites de fianza.
—¿Por qué jamás dijiste nada? —preguntó Javier con un hilo de voz, sintiendo que la silla bajo él se transformaba en una trampa.
Elena se puso de pie con elegancia. Ajustó su saco de tela fina sobre los hombros y miró a la joven que estaba a su lado.
—Valeria, ¿verdad? —dijo Elena con cortesía casi maternal—. Te aconsejo que pidas tu propio taxi esta noche. El vehículo que Javier estacionó afuera no es de él. Pertenece a la flotilla corporativa y, como medida preventiva, la tarjeta de crédito corporativa con la que pretendía pagar esta cena acaba de ser cancelada hace diez minutos.
Valeria abrió la boca, indignada y confundida, pero al ver la incapacidad de Javier para articular una defensa, dio dos pasos atrás, tomó su bolso de mano y caminó a paso rápido hacia la salida del restaurante, los tacones resonando contra el piso de mármol.
Javier se quedó inmóvil en la mesa. La sensación de control absoluto que lo había acompañado durante toda su vida adulta se desmoronaba cuadro por cuadro. El hombre que cinco minutos antes le había arrojado las llaves a su esposa para expulsarla de su vida, ahora se encontraba incapaz de pagar la botella de vino que descansaba en la cubitera de hielo.
—Nuestros hijos ya lo saben todo, Javier —continuó Elena, tomando su bolso con absoluta calma—. Hablé con Sofía y Mateo esta tarde. Les expliqué que su padre necesitaba un tiempo para reencontrarse a sí mismo lejos de las responsabilidades que tanto le pesaban. Curiosamente, ambos coincidieron en que era lo mejor. Ellos ya no son niños; vieron cómo me trataste durante los últimos cinco años, cómo me convertiste en un mueble más de la casa mientras te paseabas por los eventos de la ciudad con diferentes asistentes.
—Elena, por favor… —alcanzó a pronunciar Javier, extendiendo la mano hacia ella en un gesto desesperado, el mismo hombre arrogante transformado en un suplicante en cuestión de minutos—. Podemos hablar de esto en casa. No hay necesidad de destruir lo que levantamos juntos.
Elena sonrió de nuevo, una sonrisa serena que destilaba una libertad recién descubierta.
—No voy a destruir nada, Javier. La empresa seguirá funcionando, los empleados conservarán sus trabajos y los chicos tendrán su futuro asegurado. El único que queda fuera de la ecuación eres tú. Te dejé las llaves sobre la mesa no porque las necesite, sino para que recuerdes el momento exacto en que pensaste que podías quitarme todo lo que yo misma había permitido que disfrutaras.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta principal de Le Jardin. El maitre le abrió la puerta con una reverencia respetuosa, llamándola por su nombre completo de soltera, el que pronto volvería a usar legalmente.
Javier se levantó de la silla con la intención de seguirla, pero el capitán de meseros se interpuso amablemente en su camino con la cuenta reposando sobre una bandeja de plata.
—Señor Viamonte, la cuenta de la mesa catorce, por favor.
Javier metió la mano en el bolsillo de su saco, sacó su billetera y probó la primera tarjeta. Rechazada. La segunda, también. El sudor frío comenzó a correr por su nuca mientras observaba, a través del amplio ventanal del restaurante, cómo Elena subía al asiento trasero de un auto negro conducido por un chofer que la esperaba con la puerta abierta.
El auto avanzó lentamente perdiéndose entre el tráfico iluminado de la avenida principal, dejando a Javier a solas con sus deudas, su orgullo roto y un manojo de llaves que ya no abrían ninguna puerta.