El día que todos se van arrepentir - Novelas Completas

El día que todos se van arrepentir

La sala todavía retenía el eco áspero del grito. Las palabras de su esposo, cargadas de desprecio —«¡Estoy harto! Me da vergüenza que me vean contigo»—, aún flotaban en el aire sofocante de la casa, resonando en sus oídos con más fuerza que la propia respiración sofocada de su bebé.

Mariana apretaba a su hijo contra el pecho, sintiendo el latido acelerado y frágil del pequeño. Los hombros le temblaban bruscamente por el llanto violently contenido, pero no podía permitirse el lujo de desmoronarse por completo. A su lado, la sombra cruel de su suegra, Doña Teresa, la contemplaba con una sonrisa gélida y triunfal. Las palabras de la anciana aún calaban hondo como agujas de hielo: «¿Qué lloras? Te lo mereces».

Mariana limpió la última lágrima rebelde con el dorso de la mano. El llanto cesó bruscamente, transformándose en una frialdad absoluta. Un interruptor invisible se encendió dentro de ella. Sosteniendo al bebé con la firmeza que le otorgaba el verdadero instinto de protección, sacó el teléfono de su bolsillo.

Fijó su mirada directamente en los ojos de Doña Teresa. La anciana dejó escapar una pequeña risa burlona, creyendo que Mariana simplemente buscaría el consuelo impotente de su propia familia.

—Hoy todos van a arrepentirse —dijo Mariana con voz firme, sin que le temblara una sola sílaba.

Llevó el teléfono a su oreja. El tono sonó una, dos veces.

¿Hola, papá? —dijo Mariana, con la mirada clavada en la suegra—. Ya es hora.

La sonrisa en el rostro de Doña Teresa se disipó al instante. Una sombra de duda y ligero pánico cruzó los ojos de la mujer mayor. ¿A qué se refería con «ya es hora»?

Al otro lado de la línea, la voz profunda y serena de Roberto Valenzuela, el empresario más prominente y enigmático del sector industrial del país, resonó con una calma escalofriante:

Llevo tres años esperando que me dijeras esa frase, mi niña. ¿Estás bien? ¿El bebé está bien?

—Estamos bien, papá —respondió Mariana, levantándose despacio del sofá—. Pero ya me cansé de jugar a la esposa humilde. Hazlo.

En quince minutos la pesadilla abra quedado atrás. Quédate ahí y no dejes que te toquen.

Mariana colgó.

Doña Teresa se levantó torpemente de su asiento, intentando disimular el temblor de sus manos.

—¿A quién le hablas, estúpida? ¿A tu padre, ese campesino que ni para comer tiene? ¡A ver si entiendes que mi hijo te hizo un favor sacándote de la miseria!

Mariana no contestó. Simplemente subió las escaleras a paso firme, entró a la habitación principal, acomodó a su bebé en la cuna y comenzó a empacar en una pequeña maleta solo lo esencial para ambos. No quería nada que hubiese sido comprado con el dinero de su esposo, Carlos.

Durante tres años, Mariana había ocultado su verdadera identidad. Cuando conoció a Carlos, él era un hombre prometedor pero hambriento de estatus. Mariana, deseando ser amada por lo que era y no por la fortuna multimillonaria de la familia Valenzuela, decidió vivir como una mujer de clase media, aceptando incluso las constantes humillaciones de la familia de Carlos para mantener la paz y proteger la ilusión de un amor genuino. Roberto Valenzuela, su padre, se había opuesto ferozmente a esa mascarada, pero había aceptado la decisión de su hija con una sola condición: si algún día la hacían sufrir, acabaría con ellos.

Ese día había llegado.

En la planta baja, Carlos irrumpió de nuevo en la sala, abrochándose los botones del saco, listo para salir a celebrar un contrato multimillonario que aseguraría el futuro de su empresa constructora.

—Mamá, ¿con quién hablabas? Escuché gritos —dijo Carlos, acomodándose el reloj.

—La muerta de hambre esa… sacó el teléfono y amenazó con llamar a su padre —dijo Teresa, tratando de reírse, aunque el sudor frío en su frente delataba su nerviosismo—. Dice que nos vamos a arrepentir.

Carlos dejó escapar una carcajada amarga.

—¿El viejo ese? Por favor. Bastante tengo con soportar que viva en mi casa como para aguantar sus demencias. Hoy cierro el trato con el Grupo Valenzuela. Con ese contrato seremos intocables, mamá. No necesito a una mujer inútil y chillona que me reste imagen ante la alta sociedad.

Antes de que Teresa pudiera responder, el teléfono móvil de Carlos comenzó a sonar desesperadamente. Era el director financiero de su empresa.

—¿Sí, Alberto? Dime que el contrato ya está firmado —dijo Carlos con voz arrogante.

¡Carlos, cancelaron todo! —gritó la voz al otro lado de la línea, al borde de la histeria—. ¡Todas las cuentas bancarias de la empresa han sido congeladas por orden judicial! ¡Los inversores del Grupo Valenzuela acaban de retirar todo el capital! ¡Estamos en bancarrota, nos están auditando por fraude!

El color desapareció del rostro de Carlos. Sentía que el suelo se hundía bajo sus pies.

—¿De qué hablas? ¡Eso es imposible! ¡Tengo una cita en veinte minutos con el presidente del Grupo Valenzuela!

¡El presidente canceló la cita, Carlos! —gritó Alberto—. Y hay algo más… los bancos acaban de ejecutar la hipoteca de la casa de tu madre y la tuya. Tienen quince minutos para desalojar.

Carlos dejó caer el teléfono. La pantalla se estrelló contra el suelo.

En ese preciso instante, el estruendo de varias camionetas negras de lujo deteniéndose frente a la casa hizo temblar los cristales de la sala. Se escucharon portazos coordinados y pasos firmes aproximándose a la entrada.

Doña Teresa ahogó un grito de terror. Carlos, paralizado por la incredulidad, caminó lentamente hacia la puerta principal.

La puerta se abrió de par en par. Dos hombres vestidos con trajes oscuros impecables abrieron paso a un hombre mayor, de postura erguida, mirada penetrante y un bastón con empuñadura de plata: Don Roberto Valenzuela.

—¿Q-Quién es usted? ¿Qué hace en mi casa? —alcanzó a articular Carlos, sintiendo un escalofrío helado recorrerle la espina dorsal.

Don Roberto ni siquiera lo miró. Caminó hacia el centro de la sala, observando el lugar con profundo disgusto. Detrás de él entró un equipo de abogados portando portafolios de piel.

—Esta casa ya no es tuya, joven —dijo Don Roberto con una voz serena que imponía un respeto aplastante—. De hecho, nada de lo que creías poseer te pertenece ya.

Mariana bajó lentamente por las escaleras. Llevaba a su bebé en el portabebés y una pequeña maleta en la mano. Ya no vestía la ropa sencilla y desgastada de minutos antes; se había puesto un abrigo elegante que guardaba en el fondo del armario y su mirada reflejaba una dignidad inquebrantable.

—¡Mariana! ¿Qué es esto? ¡Diles que se vayan! —gritó Carlos, desesperado, corriendo hacia ella—. ¡Nos están arruinando! ¡Diles algo!

Mariana ni siquiera se inmutó cuando él intentó acercarse. Uno de los escoltas de Don Roberto se interpuso de inmediato, empujando a Carlos hacia atrás con facilidad.

—No te acerques a mi hija —sentenció Don Roberto, dando un paso al frente.

El aire pareció faltar en la habitación. Carlos miró a Mariana, luego al anciano, y finalmente al logotipo del Grupo Valenzuela bordado discretamente en el pin de la solapa del hombre.

—¿H-Hija…? —balbuceó Carlos, mientras las piernas le temblaban—. No… no es posible. Tu padre era un hombre de pueblo, un campesino…

—Mi padre es el dueño de la corporación a la que le suplicaste un contrato durante dos años, Carlos —respondió Mariana con tranquilidad mortal—. La misma corporación que hoy compró la deuda total de tu empresa y ha iniciado el embargo de cada uno de tus bienes.

Doña Teresa se dejó caer en el sofá, completamente pálida, llevándose las manos al pecho.

—¡Mariana, por favor! ¡Somos familia! —suplicó la anciana con la voz entrecortada, la misma boca que minutos antes escupía veneno—. ¡Yo te quiero como a una hija! ¡Ese niño es mi nieto!

Mariana miró a su suegra con lástima.

«¿Qué lloras? Te lo mereces» —repitió Mariana, utilizando las mismas palabras que la mujer le había dicho—. Hoy se quedan sin casa, sin empresa y sin el apellido que tanto les daba vergüenza compartir conmigo.

El abogado principal de Don Roberto dio un paso al frente y le extendió una carpeta de documentos a Carlos.

—Señor Carlos, aquí están los papeles del divorcio, la demanda por pensión alimenticia y la orden de restricción inmediata para usted y su madre. Si intenta acercarse a la Sra. Valenzuela o a su hijo, pasará los próximos años tras las rejas. Tienen diez minutos para abandonar la propiedad antes de que la fuerza pública los desaloje.

Carlos miró a Mariana, con los ojos llenos de lágrimas de desesperación y arrepentimiento. Cayo de rodillas sobre la alfombra, intentando alcanzar el dobladillo del pantalón de ella.

—Mariana, por favor… perdóname. Estaba estresado, no sabía lo que decía. Te amo, amo a nuestro hijo. Por favor, no me hagas esto…

Mariana dio un paso atrás, evitando su contacto. Miró a su esposo por última vez, sintiendo cómo el último remanente de afecto que tenía por él se evaporaba por completo.

—Nunca me amaste, Carlos. Amabas lo que pensabas que podía darte la apariencia. Hoy te devuelvo a la realidad de la que tanto te preocupaba caer.

Don Roberto tomó a su hija del brazo con delicadeza y le sonrió con ternura paternal.

—Vamos a casa, mi niña. Tu habitación y la cuna de mi nieto están listas.

Mariana asintió. Sin volver la vista atrás, caminó hacia la salida escoltada por los hombres de su padre. Detrás de ella, solo quedaron los gritos desesperados de Carlos y los sollozos amargos de Doña Teresa, contemplando las ruinas de una vida construida sobre la soberbia y el desprecio.

Al cruzar la puerta hacia la luz del sol, Mariana respiró hondo. El viento fresco le acarició el rostro. El bebé durmió plácidamente en sus brazos, ajeno a la tormenta que acababa de terminar. Mariana sonrió por primera vez en años, sabiendo que finalmente era libre.

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