El Precio de los Kilates y la Altitud - Novelas Completas

El Precio de los Kilates y la Altitud

El silencio dentro del jet privado no era un vacío apacible, sino una masa densa, casi tangible, cortada únicamente por el zumbido constante de los motores Rolls-Royce a treinta y nueve mil pies de altura. Richard Bennett, un hombre cuyo nombre aparecía en los foros económicos más influyentes del mundo pero rara vez en las revistas del corazón, sintió que el tic-tac invisible de su paciencia se agotaba. Su traje azul cobalto, hecho a medida en Milán, no disimulaba la tensión en sus hombros. Frente a él, sosteniendo un teléfono inteligente con una mezcla de furia infantil y asombro genuino, la joven —a quien él había intentado despachar con la fría arrogancia de un magnate de la tecnología— seguía en llamada con su padre.

—Papá, te lo juro, está aquí sentado cruzado de brazos como si fuera el dueño del ala ejecutiva. Dice que me vaya a la clase turista, que está treinta filas más atrás.

Richard soltó una exhalación corta por la nariz. Su periódico, desplegado sobre sus rodillas, ya no servía como escudo. Había bajado las páginas salmón del Financial Times justo a tiempo para ver cómo la azafata, una mujer impecable con el moño perfectamente estirado, abría los ojos desorbitados mientras una docena de pasajeros en las primeras filas de la sección ejecutiva se ponían de pie de un salto.

En cuestión de segundos, los destellos de los teléfonos móviles comenzaron a parpadear como luciérnagas furiosas en la penumbra de la cabina presurizada. Clic, clic, clic. El sonido mecánico de las cámaras digitales rompió la atmósfera exclusiva del vuelo 212 de Nueva York a Londres.

—Espera… —tartamudeó Richard, perdiendo por primera vez en años el control de su dicción milimétrica—. ¿Tú eres…?

La chica ni siquiera se dignó a mirarlo con atención. Se apartó el teléfono de la oreja un segundo para observar la revuelta que ella misma había provocado. Detrás de ella, la azafata intentaba en vano bloquear los objetivos con las manos enguantadas, murmurando disculpas corporativas que nadie escuchaba. Los flashes iluminaban los paneles de caoba y los detalles en oro rosa del avión, revelando los rostros de ejecutivos de Wall Street y herederos de farmacéuticas que ahora empujaban sus asientos para capturar la primicia en video.

—Te dije que mi boleto dice 20O —repitió ella con una tranquilidad pasmosa, mirando fijamente a los ojos a Richard—. Pero parece que el sistema de asignación preferencial de la aerolínea tiene un pequeño conflicto con el accionista mayoritario de la compañía que compró esta flota el mes pasado. O sea, tú.

El cerebro de Richard procesó la información a la velocidad de un procesador cuántico. 20O. El apellido impreso en el pequeño tarjetón cartón que ella le había arrojado al asiento unos minutos antes —y que él había desestimado con un movimiento de mano— no pertenecía a una simple pasajera despistada. Los mil quinientos millones de dólares invertidos en la reestructuración de la aerolínea transatlántica a través de un fondo de capital de riesgo en las Islas Caimán no eran un secreto para él, pero sí lo era el rostro de la heredera del conglomerado logístico más grande de Norteamérica.

—Victoria —musitó Richard, y por primera vez la sangre pareció abandonarle el rostro.

—Victoria Sterling, para servirte, Richard. Y mi padre te manda saludos… dice que quiere revisar los términos de la fusión antes del aterrizaje en Heathrow.

El teléfono de Richard, guardado en el bolsillo interior de su americana, comenzó a vibrar con una insistencia frenética. Primero una llamada. Luego otra. Mensajes de texto, notificaciones de Bloomberg, alertas de Google Finance informando que las acciones de su propia compañía sufrían una fluctuación atípica tras la filtración en redes sociales de un video en directo titulado «Magnate tecnológico expulsado de su propio asiento por la hija de un titán del transporte».

La cabina entera era un hervidero. Un bloguero de viajes sentado en la fila 3 había iniciado una transmisión en vivo que ya acumulaba cuarenta mil espectadores. La azafata, al borde de un colapso nervioso, se inclinó hacia Richard con una sonrisa tensa y forzada, digna de un protocolo de crisis corporativa.

—Señor Bennett, ¿desea… desea que le preparemos una copa de champagne en la zona de descanso de la tripulación para calmar los ánimos?

—No te muevas de ahí, azafata —ordenó Victoria con una autoridad gélida que congeló a la empleada en el acto—. El señor Bennett necesita espacio para reflexionar sobre su concepto de la geografía del avión. Treinta filas más atrás hay mucho más oxígeno, según dicen los manuales técnicos.

Richard miró a su alrededor. Los rostros de los pasajeros reflejaban una mezcla de júbilo clasista y puro morbo digital. En el mundo de los negocios, las guerras no se libraban con ejércitos, sino con participaciones accionariales, y él acababa de cometer el error táctico más costoso de su carrera: subestimar a una adolescente vestida de pies a cabeza con el monograma de una casa de alta costura italiana que jugaba con un imperio industrial como si fuera un rompecabezas de bolsillo.

Con una lentitud estudiada, Richard Bennett desabrochó el cinturón de seguridad de su asiento VIP. Su orgullo, pulido durante décadas en consejos de administración y campos de golf de los Hamptons, se resquebrajó con cada centímetro que su cuerpo se elevaba de los cojines de cuero blanco.

—Disfruta el viaje, Richard —le sopló Victoria con una sonrisa luminosa y despiadada mientras se dejaba caer pesadamente en el asiento de primera clase, estirando las piernas con total comodidad—. Dicen que la clase turista tiene una vista excelente de las nubes… si es que te dejan asomarte por la ventanilla.

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