La luz de las bengalas aún teñía la niebla con un rojo chillón cuando Mateo comprendió que no vendría ningún rescate. Detrás de él, los restos del fuselaje del pequeño avión de carga crujían mientras el hielo devoraba los restos de metal caliente. El frío no era un enemigo helado que adormecía; era una mordida seca, violenta, que penetraba los huesos a través de tres capas de lana y plumas.
Había saltado antes de que el motor izquierdo estallara por completo, arrastrando consigo la mochila de supervivencia y una vieja caja de suministros envuelta en lona impermeable. A unos metros de donde tocó tierra, una llamarada de aceite quemado iluminaba el paisaje: una garganta de rocas cubiertas de nieve gris y formaciones de basalto que parecían costillas fosilizadas sobresaliendo de la tierra. La tormenta no traía copos ligeros, sino un granizo abrasador, una granizada extraña cargada de minerales que chispeaban al golpear las rocas y quemaban la piel al contacto directo.
Con las manos temblorosas por la adrenalina, Mateo desenterró de la nieve una lámpara de petrocapa reforzada y un machete pesado de hoja curva. Al encender la lámpara, una llama amarillenta brilló tras el cristal templado, proyectando un círculo de calor que apenas lograba disipar la densidad del aire helado. Sabía que quedarse cerca de los restos del avión era una sentencia de muerte; el combustible derramado se consumiría en minutos y la temperatura descendería por debajo de lo soportable.
Ajustándose la correa del macuto, comenzó a avanzar hacia el norte, siguiendo la única grieta natural que cortaba la pared del cañón. Cada paso requería un esfuerzo deliberado. Las botas se hundían hasta la pantorrilla en una mezcla de nieve apelmazada y ceniza volcánica. A su alrededor, el viento soplaba con un silbido agudo y metálico, como si el propio aire se filtrara por las rendijas de un fuelle gigante bajo las rocas.
A medio kilómetro de la caída, el terreno cambió bruscamente. Las laderas verticales de basalto cedieron el paso a una meseta abierta donde la vegetación adoptaba formas insólitas. No había árboles comunes, sino estructuras leñosas y retorcidas, duras como el hierro, cuyos tallos estaban recubiertos de una corteza vítrea que reflejaba la luz de su lámpara. Al golpear una de esas ramas con el lomo del machete, el impacto produjo un resonar seco, similar al de una campana de cobre.
Mateo detuvo la marcha al notar que las pisadas que dejaba tras de sí no eran las únicas en la meseta. Paralelas a su trayectoria, a unos tres metros a la derecha, había una serie de hendiduras profundas sobre el terreno congelado. No pertenecían a ningún animal conocido de la tundra: eran marcas cuadradas, dispuestas en hileras triples, como si una máquina pesada de tres patas hubiera caminado a su lado pocos minutos antes. La nieve dentro de las hendiduras no estaba congelada; al contrario, se evaporaba suavemente, dejando al descubierto la tierra negra y húmeda del fondo.
Sostuvo la lámpara en alto y apretó la empuñadura del machete. La visibilidad no superaba los diez metros debido a la ventisca de granizo brillante.
—Si hay alguien ahí, manténgase alejado —gritó, pero el viento desintegró su voz antes de que pudiera sonar con fuerza.
Nadie respondió. Sin embargo, las marcas cuadradas continuaban adentrándose en el valle, dirigiéndose hacia una brecha en la montaña que parecía ofrecer algún tipo de refugio natural. Sin más alternativas para protegerse del temporal que amenazaba con congelarlo en pie, Mateo decidió seguir la ruta de los rastros hervidos.
La entrada a la brecha era un túnel natural excavado en la piedra volcánica. Al cruzar el umbral, el rugido del viento disminuyó brulluscamente, sustituido por un goteo constante y un murmullo de aire caliente que circulaba desde las profundidades. Mateo se quitó los guantes mojados con los dientes y revisó su equipo a la luz tenue de la lámpara. La brújula magnética giraba sin rumbo, incapaz de fijar un punto cardinal, desviada por la alta concentración de hierro en las paredes de la caverna.
El túnel no era fruto de la erosión del agua. Las paredes estaban talladas de forma regular, pulidas con una precisión geométrica que revelaba estratos de mineral rojizo y vetas de cuarzo. A medida que se adentraba, la temperatura aumentaba de forma perceptible. El vapor salía de su ropa húmeda y el granizo acumulado en sus hombros se transformó rápidamente en agua que le corría por la espalda.
Tras diez minutos de descenso por una rampa inclinada, el túnel desembocó en una cámara circular de enormes dimensiones. El techo se perdía en la penumbra, pero el suelo estaba ocupado por un sistema de canales de piedra por los que fluía un líquido denso y luminiscente de color cobrizo. El calor que emanaba de los canales era intenso, casi asfixiante, saturado con un olor penetrante a azufre y tierra mojada.
En el centro de la cámara se erigía una estructura de piedra escalonada, similar a un altar o a un panel de control primitivo. Sobre la mesa superior descansaban tres cilindros de bronce pesado, grabados con muescas profundas y llenos del mismo líquido radiante que corría por los canales. Al acercarse, Mateo observó que uno de los cilindros estaba volcado y vaciándose lentamente sobre el suelo.
Junto a la estructura, tendida sobre las losas de piedra, yacía la fuente de las huellas cuadradas: una armadura de transporte mecánico, un armazón de titanio y articulaciones hidráulicas diseñado para la prospección minera en entornos extremos. El fuselaje del traje estaba roto en el torso y no había ocupante dentro. Los mandos manuales estaban cubiertos de una capa de polvo antiguo, lo que indicaba que la máquina había operado de forma autónoma o había sido abandonada tiempo atrás.
Mateo colocó la lámpara sobre la mesa de piedra y se inclinó sobre el cilindro derramado. Con cuidado de no tocar el fluido directamente, utilizó la punta del machete para enderezarlo. Al ponerse de pie, escuchó un chasquido metálico seco que resonó desde el fondo de la cámara.
De una de las galerías adyacentes emergió una figura. No era una criatura ni un mecanismo de guerra, sino un hombre mayor, vestido con un traje de lona pesada reforzado con remaches de cobre y una mascarilla respiratoria que dejaba ver unos ojos cansados pero atentos. Llevaba una linterna de mano de gran potencia ajustada al pecho.
—No toque los contenedores si no sabe equilibrar la presión —disparó el hombre con voz rasposa, hablando en un dialecto rudo pero comprensible—. El líquido de abajo mantiene la temperatura de toda la meseta. Si se vacían, la montaña se enfría en dos horas y el granizo de afuera colapsará el túnel.
Mateo dio un paso atrás, manteniendo la mano en el machete pero bajando la guardia gradualmente.
—Mi avión cayó a tres kilómetros al sur —dijo Mateo—. Buscaba refugio de la tormenta.
El desconocido observó el machete y luego la lámpara de petrocapa que Mateo llevaba consigo. Hizo un gesto con la mano para que bajara el arma y caminó hacia la mesa escalonada. Sacó de su cinturón una llave de torsión y ajustó una válvula en la base de la estructura. El flujo del líquido cobrizo en los canales se redujo de inmediato, y el murmullo de vapor en la sala se volvió más suave y constante.
—Nadie vuela por esta cordillera en esta época del año —dijo el hombre, quitándose la mascarilla para respirar el aire tibio de la cueva—. Los minerales de la superficie distorsionan cualquier instrumento de navegación. Tuviste suerte de encontrar la brecha antes de que el frío te cortara las piernas.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Mateo, mirando los canales luminosos que se internaban en la oscuridad de las galerías subterráneas.
—Una estación de bombeo geopolítico abandonada hace cuarenta años —respondió el viejo, limpiándose las manos con un trapo lleno de grasa—. Extraemos el calor del núcleo para mantener el suelo de la meseta fértil bajo la nieve. Si la estación se detiene, la helada destruye todo lo que crece afuera. Yo me encargo del mantenimiento de los sectores tres y cuatro.
El hombre se dirigió hacia un rincón de la cámara donde había una mesa de madera tosca, un camastro y una pequeña estufa de hierro alimentada por carbón. Sirvió dos tazas de un té oscuro y espeso de una tetera de hierro fundido y le ofreció una a Mateo.
—Llámame Iván —dijo, sentándose en una caja de madera—. Tu avión ya debe ser un bloque de hielo sólido. Mañana por la mañana, cuando la tormenta baje de intensidad, usaremos el tractor del sector norte para ir a buscar tus provisiones. Después de eso, tendremos que revisar la radio de alta frecuencia del puesto de observación para pedir un convoy de carga.
Mateo tomó la taza caliente entre sus manos ateridas. El calor del té y el ambiente de la caverna comenzaron a devolverle la sensibilidad a los dedos. Miró hacia el túnel por el que había entrado, imaginando la meseta congelada, las plantas de hierro y el granizo incandescente cayendo en medio de la noche.
—¿El tractor resistirá el granizo? —preguntó Mateo antes de beber.
Iván sonrió levemente, dejando al descubierto unos pocos dientes desgastados, y señaló la armadura pesada que descansaba junto a los canales.
—El granizo rompe el cristal y la carne, pero esa máquina fue construida para caminar sobre lava fría. Terminaremos de ajustar la presión hidráulica al amanecer, beberemos algo más de té y saldremos a buscar lo que haya quedado de tu equipaje.
Mateo asintió y probó el té, sintiendo cómo el calor recorría su garganta. Fuera, el viento continuaba golpeando la entrada del túnel con violencia, pero en el corazón de la montaña, entre los canales de líquido cobrizo y el zumbido de las válvulas de bronce, la noche había dejado de ser una amenaza mortal.